Luis Rogerio junto a un grupo de monaguillos de la zona
En Brasil tuvimos un obispo santo, Dom Luciano Mendes de Almeida, que dijo una vez: "Donde hay personas, hay misión. Y donde hay misión, hay mil razones para ser feliz". La misión nos llena, nos realiza, nos permite participar concretamente en el Reino de Dios ya en la tierra, a través del servicio a las comunidades y a las personas que nos han sido confiadas.
Llevo casi tres meses en Filipinas, en la diócesis de Infanta. Como misionero laico, vine a ayudar en el Centro Social de la diócesis y en la catequesis. Llegué con mucho miedo: de no poder adaptarme, del idioma, de las dificultades que vendrían. Todo era nuevo para mí, era mi primera vez en el Oriente. Pero llegué con un corazón muy abierto, libre y desapegado.
Luis Rogerio junto a un grupo de niños que asisten al colegio de la zona.
Es una realidad muy dolorosa, de un pueblo que sufre las desigualdades sociales, la pobreza y la miseria, pero que tiene la alegría de vivir. Vive de lo necesario, no tiene ese consumismo ilimitado que contaminó nuestra sociedad occidental. Un pueblo que nos educa con su forma sencilla de vivir y de cuidar la naturaleza y la Casa Común. Y poco a poco, en la vida cotidiana, todo se transformó. Celebrar la Eucaristía con mi gente todos los días, visitar escuelas, pueblos, familias, fue llenando mi corazón, y todos esos miedos dieron paso al amor que inflamaba mi interior. A pesar de que mi semblante y mi lengua me delatan, este noble pueblo no me vio como un extraño, sino como uno de los suyos. Eso fue fantástico.
Luis Rogerio junto a un grupo de feligreses
Es notable la presencia de mujeres en el liderazgo de las comunidades y de las pastorales. Siempre son ellas las que sostienen la misión. Son guerreras. El Papa Francisco tenía razón cuando dijo: "La Iglesia es Madre y Mujer". He visitado más de treinta comunidades, cien familias, además de escuelas y proyectos sociales. En cada actividad, una experiencia concreta del Reino de Dios. La misión nos transforma, nos educa, nos convierte. Quienes viven entre los pobres ya no vuelven a ser los mismos. Los pobres nos enseñan, ensanchan nuestros corazones. Ir en un barco para servir a las comunidades más sencillas, ayudar a los jóvenes en la pesca artesanal: toda esta experiencia concreta con los pequeños del Reino marca profundamente nuestra vida para siempre.
Es imposible resumir con palabras todo el tesoro que es la vida misionera. Pero una cosa puedo decirte: vale la pena. La misión es consecuencia de nuestro bautismo. En la pila bautismal nos convertimos en discípulos de Cristo y misioneros de los pueblos, de los pobres, de los que nos necesitan. El servicio a nuestros hermanos y hermanas da pleno sentido a nuestras vidas. Estas personas me enseñaron a ser cristiano, me convirtieron.




